viernes, 3 de octubre de 2014

¿LA ILUSIÓN DE LA LIBERTAD?

¿LA ILUSIÓN DE LA LIBERTAD?




¿Somos Autómatas?

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A veces nos preguntamos si los seres humanos no seremos un autómata. Según el diccionario, autómata es una máquina que imita la figura y los movimientos de un ser animado. No obstante, autómata podemos entenderlo en un sentido más amplio como el concepto de Robot. Los seres humanos, por tanto, podríamos quizás considerarnos como un robot o algo similar.
Muchos psicólogos e informáticos se lo han planteado, y han intentado ver sus similitudes o bien han intentado crear ordenadores o robots basándose en el funcionamiento del ser humano o en los conocimientos que se tienen del cerebro.
Nuestro cerebro podría ser un futurista ordenador con distintas unidades físicas (hardware en lenguaje informático), de procesamiento de información, memoria, entrada (recibe estímulos, información) y salida (emite respuestas), etc., y que sigue un complejísimo programa (software en lenguaje informático) creado  y guiado por un código (instrucciones) inscrito en nuestros genes, el cual se va desarrollando de forma continua poco a poco a lo largo de toda nuestra existencia, día a día. Al ser muy complejos tendríamos capacidad de aprender de la información nueva que recibimos del medio exterior, entender el sentido de la información, hacer ciertas modificaciones de nosotros mismos,  y desarrollar a su vez nuevos programas. Podríamos decir que nuestro cerebro o mente  se programa a diario así mismo y está en permanente cambio. 
Una diferencia  entre los ordenadores actuales y el cerebro humano es que el ordenador tiene la ventaja de ser mucho más rápido en su capacidad de procesamiento y cálculo y en  tener mayor capacidad de almacenamiento de datos en su memoria. Sin embargo el ordenador no disfruta de un número de conexiones tan amplio como el cerebro.
El cerebro humano es mucho más complejo, gracias a las millones de conexiones neuronales que se producen entre estas neuronas intercambiándose información en paralelo (muchísimas a la vez), por lo que sus respuestas son mucho más complejas y puede entender con mayor facilidad el sentido de información compleja. El cerebro es también mucho más plástico (moldeable) en sus conexiones y de ahí también su capacidad y complejidad. La información en el cerebro no se almacena en unidades concretas como en un ordenador (en el mismo cada información, cada dato está localizada en puntos concretos) sino que está mucho más distribuida por el cerebro (es difícil saber por ejemplo donde está localizado un recuerdo en un cerebro, pues por raro que parezca, este no se encuentra en un lugar específico sino distribuido por una parte amplia del mismo). Así que un fallo grave en un ordenador en una sola de sus partes tendrá consecuencias más fatales que en un cerebro que es más moldeable. Claro que en un futuro algo lejano todo esto podría cambiar a favor del ordenador.

A un nivel más personal nos podemos plantear si no seremos parecidos a un autómata, quizás porque hacemos demasiadas cosas sin darnos cuenta y sin querer (por ejemplo, vamos por la calle y sin darnos cuenta nos golpeamos involuntariamente con alguien mientras vamos ensimismados pensando en nuestras cosas, estar en “Babia” como dice una expresión popular). También podemos pensarlo porque hacemos muchas cosas sin pensar mucho en ellas o sin saber bien por qué las hacemos (Quién de nosotros no se ha preguntado de vez en cuando cosas como ¿Qué tendrá esto para que me guste?, ¿Cómo es que estoy saliendo con esta persona? ¿Por qué cometo siempre el mismo tipo de errores? ¿Por qué estaré hoy de tan mal humor? ¿Por qué hago…? ¿Cómo es que no he pensado antes que….? etc.).
También  pensamos que parecemos autómatas porque nos comportamos de un modo rutinario que puede parecer mecánico. Estas rutinas son debidas a que estamos acostumbrados, habituados o las tenemos ya automatizadas por nuestro cerebro. Automatizamos muchos comportamientos después de un previo y repetido aprendizaje consciente, un mecanismo de nuestro cerebro para optimizar recursos y poder centrarse en otras tareas. Ejemplos claros de automatismos, entre muchos que se pueden poner, es cambiar de marchas mientras se conduce o escribir a máquina, algo que hacemos casi sin pensar. Otros automatismos menos claros son por ejemplo andar o hablar, nos parecen sencillos porque lo aprendimos de muy niños y hemos olvidado lo que nos costó. Pero hablar y andar son actividades que requieren una serie de secuencias bastante complejas (aunque no nos damos ni cuenta de ello)
 Debido a razones como estas podemos por tanto llegar a pensar que no nos diferenciamos mucho de ese moderno robot de ciencia ficción. Lo que en realidad nos pasa es que la mayor parte de nuestros procesos mentales son inconscientes. 

¿Cuáles son las diferencias? Los seres humanos tenemos Consciencia y el autómata no. Consciencia se definiría como el conocimiento o sentimiento que un ser tiene de sí mismo y de su entorno, o como  el conocimiento que el espíritu humano tiene de su propia existencia, estados o actos y reflexiones. Los seres humanos, por tanto, pensamos conscientemente y el autómata procesa datos. Los seres humanos fundamentalmente Sentimos (dolor, placer, etc.), y por eso tenemos conciencia (al igual que los animales aunque en mayor grado), mientras que el autómata sólo recibe datos. Los seres humanos tenemos emociones y sentimientos (miedo, ira, tristeza, alegría, asco, sorpresa, etc.) y el autómata no (los animales también tienen emociones, más o menos complejas según su desarrollo como especie, aunque al no tener el pensamiento racional que tiene el ser humano éstas son más básicas). Los seres humanos tenemos sentimientos hacia nuestros semejantes como el amor y la compasión y el autómata no. Los seres humanos tenemos moral, incluso más allá de las normas sociales (podemos sentir remordimientos por nuestros actos), pero el autómata no. El autómata analiza datos, ejecuta acciones según un programa, responde a estímulos e incluso podría aprender a realizar otras acciones no programadas, pero los seres humanos podemos también actuar según nuestra voluntad consciente y deseos, motivados por nuestras emociones y sentimientos, y dejarnos llevar por estas. Con estas cualidades conscientes superiores es claro que los seres humanos no podemos considerarnos simples autómatas mecánicos, y es precisamente por eso por lo que nos planteamos si somos seres libres o con libre albedrío.


¿Y si un autómata o robot llegara algún día a tener esas cualidades humanas? Pues dejaría de ser un autómata y se convertiría en algo muy distinto. En ese futuro de película de ciencia ficción deberíamos darle otro nombre a este nuevo ser. Pero no sería deseable que existiese, pues podría revelarse contra sus creadores, exigir sus derechos y crearnos un posible dilema moral. El problema más difícil de resolver es cómo un cerebro que es sólo materia puede provocar algo inmaterial como la consciencia y hacer que sintamos. Este problema casi filosófico es un rompecabezas para los neurocientíficos y a la que difícilmente se le podrá dar una respuesta completamente satisfactoria. ¿Podrá un robot llegar en el futuro a tener también consciencia de si mismo? ¿Podríamos pues considerar a un robot con consciencia como un ser libre o con libre albedrío tal y como los seres humanos pensamos de nosotros mismos? ¿Pero realmente lo somos?


¿Somos libres, tenemos Libre albedrío?

El libre albedrío no se refiere a si tenemos libertad política o a si la sociedad o los demás nos dejan hacer lo que nosotros queramos o nos dé la gana. El libre albedrío o libre elección es la creencia de aquellas doctrinas filosóficas que sostienen que los humanos tenemos el poder de elegir y tomar nuestras propias decisiones sin estar determinados por eventos previos y/o el azar. Para empezar, para que hubiera libre albedrío tendría que haber distintas posibilidades y por tanto tuviéramos más de una opción o bien elegir entre hacer o no hacer algo.

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¿Pero de verdad somos libres? Nuestro cerebro experimenta de manera muy clara la vivencia subjetiva de un “yo” que habita en nuestro cuerpo y que elige la conducta que ha de ejecutar en cada momento (observemos, para entenderlo mejor, que siempre que hablamos de nosotros mismos decimos, yo soy, yo pienso, yo quiero, yo deseo, yo siento, yo decido, yo digo, yo hago, etc.). Esta  experiencia se acompaña de la sensación de agencia (Teoría del agente o agencia), es decir nos hace sentir como los causantes de nuestros comportamientos.
Percibimos por tanto que cada una de estas decisiones de nuestro “yo” no está causada por ningún acontecimiento físico previo que lo provoque, es decir, carece de causa alguna. Sin embargo es difícil aceptar que nuestra conducta no tiene ninguna causa que la provoque, o que la causa es un extraño ente inmaterial que influye sobre nuestros procesos cerebrales y nos hace elegir y ser seres libres.

En la historia de la religión y la filosofía ha existido la Teoría del Dualismo mente-cuerpo, es decir como si ambos fueran entidades independientes. A los seres humanos nos cuesta admitir sin embargo que la mente es el resultado de procesos cerebrales. Pero actualmente gracias a los conocimientos del cerebro y la neuropsicología tenemos evidencia de que es así.

¿Por qué nos comportamos de una determinada forma y no de otra? ¿Es producto del azar? ¿Somos títeres o marionetas? ¿Estamos condicionados o determinados plenamente por nuestras circunstancias presentes y pasadas?
El determinismo es una doctrina filosófica que sostiene que todo acontecimiento físico, incluyendo nuestro pensamiento y acciones, están causalmente determinados por una irrompible e infinita o casi interminable cadena de causas-consecuencias. Es decir, un determinado hecho, pensamiento o acción estaría determinado por una causa o causas anteriores (tanto internas como externas a nosotros mismos), estas a su vez por otras, estas otras a su vez por otras y así podría seguir hasta el infinito o  hasta el principio del universo. Los seres humanos estaríamos determinados por las mismas Leyes físicas del resto de la Naturaleza y motivados por nuestras necesidades.
Según el determinismo fuerte no estaríamos influidos por sucesos genuinamente aleatorios o azarosos, y en general nuestro futuro es potencialmente predecible a partir del presente. Si yo supiese cómo están dispuestas todas las piezas del mundo ahora y conociera exhaustivamente todas las leyes físicas, podría describir sin error cuánto va a ocurrir en el mundo dentro de un minuto o dentro de cien años o los que fuera.
El determinismo débil sostiene que es la probabilidad de que ocurra algo lo que está determinado por los hechos presentes y si podríamos estar influidos por sucesos aleatorios e impredecibles.

La Física cuántica ha demostrado que a nivel microscópico ciertos eventos ocurren de forma aleatoria (al azar) y no de forma determinista y no son predecibles, tan sólo probables (principio de incertidumbre de Heisenberg). No obstante que haya sucesos indeterminados debidos al azar no implica en ningún modo que haya libre albedrío, ya que el libre albedrío supondría que fuésemos nosotros mismos y no el azar quien escogiera. Decir que el azar implica libertad, es equivalente a tirar unos dados para tomar una decisión y decir que la conducta que hemos tomado como consecuencia del resultado de los dados es libre.

La ciencia y la psicología en particular demuestran que nuestro comportamiento está condicionado tanto por nuestra herencia genética como por nuestras circunstancias ambientales y las experiencias vividas. Sin embargo no somos conscientes de todo este condicionamiento, ya que actúa en gran parte a nivel inconsciente de nuestro cerebro.

No obstante no hay que confundir el Determinismo con el  Destino o predestinación. El determinismo se refiere a que todo está causado necesariamente por las Leyes de la naturaleza, pero no hay nada "escrito" de antemano ni nada sobrenatural. El destino en cambio  es el poder sobrenatural inevitable e ineludible que, según se cree, guía la vida humana y la de cualquier ser a un fin no escogido, de forma necesaria y fatal, en forma opuesta a la del libre albedrío o libertad.  El destino es algo "escrito" de antemano por un ser superior o fuerza misteriosa. El concepto de Destino es común a muchas creencias religiosas o a supersticiones como la videncia o la astrología.

¿Pero existe entonces el libre albedrío? Depende de lo que entendamos por tal. Un ser humano adulto, inteligente y en pleno uso de sus facultades mentales puede considerarse en principio un ser libre, ya que podría comportarse libremente.  Sería así porque podemos elegir o decidir dentro de nuestras limitaciones (físicas, psicológicas, legales, económicas, impuestas por la sociedad o los otros, etc.) lo que queremos hacer, según nuestra Voluntad y Deseos.
Voluntad es la facultad  de decidir y ordenar la propia conducta (o dicho de otra forma, lo que yo no hubiera hecho si no hubiera querido hacerlo). La voluntad se expresa de forma consciente  en el ser humano y en otros animales para realizar algo con intención  de un resultado. No obstante hay que aclarar que, a diferencia de los seres humanos adultos, las intenciones tanto de los animales como de los  bebes humanos obedecen sólo a sus instintos y emociones básicas. Por tanto los seres humanos adultos podemos considerarnos responsables de nuestros actos voluntarios en mayor o menor grado.
Ejemplos de voluntad: Yo puedo decidir voluntaria y conscientemente coger un plátano que está sobre la mesa con la intención de saciar mi apetito, por tanto ordeno a mi brazo y mano que se muevan hacia el objetivo (el plátano). Esto también podría hacerlo igual un mono por ejemplo, entre otras especies animales. Incluso el mono o primate, al ser más inteligente que otros animales, podría fabricarse una rudimentaria herramienta o desarrollar cierta estrategia para hacer otros comportamientos similares. Los monos pueden entender ciertos gráficos sencillos que les muestran los científicos que investigan el comportamiento del mundo animal, y al verlos realizar ciertas acciones básicas que tales investigadores les han enseñado. Incluso pueden realizar comportamientos que requieren cierta lógica elemental. Todo esto ha sido observado por los que estudian el comportamiento animal.
También yo podría decidir voluntariamente y conscientemente interrumpir mis vacaciones veraniegas, ya que me han surgido responsabilidades familiares a la vez que compromisos laborales no previstos. Esto me obliga a elegir entre distintas opciones complejas que afectan a mi vida, tener en cuenta no sólo la satisfacción de mis necesidades inmediatas, pensar también en las necesidades de otras personas, prever un futuro a largo plazo, discutir argumentos con otras personas, sentir remordimientos si con mi decisión he hecho daño a alguien, valorar mis sentimientos hacia otras personas, etc. Esto es algo que un mono con su voluntad no podría plantearse.

Los seres humanos nos diferenciamos básicamente de otras especies animales en nuestra capacidad e interés para el pensamiento simbólico o lenguaje abstracto, es decir más allá de los objetos materiales que observamos en nuestro medio ambiente. Los animales, a diferencia de nosotros, no son capaces de distanciarse de lo que forman las necesidades de su especie y a la satisfacción de sus instintos para sobrevivir y reproducirse. Los humanos tenemos también interés personal o motivación por el hecho de saber cosas más allá de una simple recompensa. A medida que nos hacemos más adultos, maduros e inteligentes nuestra capacidad de abstracción va aumentando, nuestros intereses e inquietudes personales o intelectuales  se amplían y nuestras decisiones son más complejas.

El  compatibilismo, punto de vista intermedio entre el libertarismo y el determinismo, sostiene que el libre albedrío surge en un universo determinista de una causa interior. Esta causa interior serían los pensamientos, las creencias y los deseos del que elige, salvo que esté impedido por alguna fuerza externa o interna.
Es cierto que se puede objetar que podemos estar muy limitados por las circunstancias, y que nos pueden impedir comportarnos como quisiéramos o incluso al contrario de nuestra voluntad. Aún así podríamos seguir considerándonos libres a pesar de estas limitaciones, ya que nuestra intención, deseo o voluntad de cómo nos gustaría actuar sí es libre (por ejemplo, deseo, quiero y estoy dispuesto a ayudar a esta persona pero mis limitaciones físicas, otras obligaciones personales u otras personas me lo impiden)

A pesar de esto en algunos estudios muy curiosos como en los realizados por Benjamín Libet y otros, se sugiere que las decisiones tomadas por una persona son primero hechas en un universo inconsciente, y después son traducidas a una “«decisión consciente»”. La creencia del sujeto de que esto ocurrió bajo su voluntad se debe únicamente a la visión retrospectiva (hacia atrás) del evento. Por ejemplo la actividad cerebral inconsciente que llevaba a la decisión consciente de mover su muñeca comenzaba medio segundo antes de que el sujeto conscientemente decidiera moverla. Sin embargo los sujetos creían haber tomado la decisión libremente. Por otro lado, Libet todavía encuentra espacio en su modelo para el libre albedrío, en la noción del poder del veto: de acuerdo con este modelo, los impulsos inconscientes que ocasionarán un acto voluble pueden ser suprimidos por los esfuerzos conscientes del sujeto en los últimos milisegundos.

Sin embargo hemos de preguntarnos ¿Que es lo que nos ha motivado como seres humanos a desear actuar de una u otra forma? La Personalidad es el factor decisivo de la psicología humana. La personalidad se puede definir como el conjunto de características o rasgos psicológicos que nos definen y nos hacen diferentes a los demás, además tiende a persistir a lo largo del tiempo y las situaciones.
Nuestra conducta es consecuencia tanto de nuestras capacidades físicas o intelectuales como de nuestra personalidad, carácter o forma de ser, así cada uno de nosotros actuará de un modo distinto en la misma situación dependiendo de sus capacidades y su personalidad. Nuestras capacidades influyen a su vez en nuestra personalidad y a la inversa.
La personalidad es la que a su vez determina nuestros pensamientos o formas de pensar, sentimientos y emociones, creencias, deseos, moral, actuaciones, o incluso recapacitar o reconsiderar sobre nuestras decisiones y cambiarnos a nosotros mismos.
No obstante nadie decide o elige la personalidad que tiene (ser como soy), ya que esta es producto tanto de nuestros genes como del ambiente (los condicionamientos de los que hemos hablado). Nosotros mismos no podemos elegir la formación de nuestra personalidad


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Es un hecho científico que todos estos condicionantes determinan el desarrollo de nuestra personalidad, mediante una compleja y continua interacción entre los factores biológicos y los ambientales. 
La programación de nuestros genes determina nuestra biología y la formación de nuestro cerebro. El ambiente lo forma nuestro entorno familiar, social y cultural, la educación recibida, y cómo nos hemos relacionado con los demás y nos han influido, así como el resto de circunstancias que nos han tocado en la vida. 
Nos influyen: nuestro sexo y cómo nos educan según este, la personalidad y forma de educar de nuestros padres, nuestros hermanos y familiares, los centros de enseñanza donde nos hemos asistido. El barrio, pueblo, clan o tribu donde hemos vivido, nuestro estatus o posición social, nuestro nivel económico o de nuestro entorno. Nuestros compañeros y amigos, los grupos donde nos hemos introducido. Los medios de comunicación, lo que hemos leído. El momento histórico y país donde hemos nacido o nos ha tocado vivir, la situación socio-económica o sistema político, las costumbres de la sociedad donde vivimos y sus normas sociales. La religión o valores que nos han inculcado. Nuestro nivel académico y nuestras capacidades o dificultades físicas e intelectuales, nuestra profesión, trabajo y compañeros de trabajo. Cómo hemos disfrutado nuestro tiempo de ocio y diversión. La relación con nuestras parejas o el otro sexo, nuestros hijos. Las enfermedades que hemos sufrido, las mayores o menores dificultades u obstáculos con las que nos hemos encontrado en la vida, y la forma de afrontarlas según nuestra personalidad. 
La psicología del aprendizaje nos enseña que al enfrentarnos al medio realizamos un Aprendizaje que nos permite desarrollarnos y adaptarnos al mismo. El aprendizaje se produce mediante ensayos (aciertos y errores) donde los aciertos se van reforzando. Desgraciadamente para nosotros a veces se refuerzan comportamientos que son negativos y nos hacen daño.

Todos estos factores provocan nuestras experiencias vitales que dan lugar a nuestra personalidad.
Por ejemplo si un niño se comporta mal en clase podría estar condicionado por muchos factores. Sus padres no le educaron correctamente. Su madre tenía un trastorno mental que le hacía comportarse extrañamente, su padre era alcohólico y aficionado al juego. El chico era tímido y con dificultad para relacionarse, sus compañeros no le aceptaban y tenía pocos amigos. El profesor, según al menos la opinión del niño, le cogió “manía”, le cuesta concentrarse y con dificultad para estarse quieto y le han diagnosticado un trastorno de hiperactividad con déficit de atención. Su inteligencia no llegaba a la media de su edad. El barrio donde vivía era un barrio marginal con chavales conflictivos y familias con problemas económicos. Su familia tenía problemas para llegar a fin de mes. Sus padres discutían constantemente, etc. Cualquiera de nosotros podría ver que quizás algunas o muchas de estas circunstancias u otras parecidas coinciden también con las que fueron las suyas o las de alguien que conoce. Pero quizás nuestras circunstancias fueron muy distintas de las que aparecen en este ejemplo. Podríamos poner innumerables ejemplos, en realidad tantos como personas hay, ya que cada persona es un “mundo”.Todas estas circunstancias que forman parte de nuestro ambiente y de nuestra genética y las experiencias resultantes que hemos vivido son las que han determinado como somos ahora, cual es nuestra personalidad y lo que nos pasa en nuestra vida.

Por otro lado nuestro comportamiento es muy voluble, es decir que varía mucho y nos dejamos llevar de un momento a otro según los deseos, apetitos, estados de ánimo o circunstancias del momento. Hoy me apetece comer un tipo de comida y mañana otro. Hoy me apetece ir al cine y mañana al campo. Hoy estaba cabreado o de mal humor y la he pagado con el vecino. Ayer estaba amable y hoy no tanto. Mañana estoy alegre y al otro triste o confundido. Hoy pienso de una forma, tomo una decisión o tengo una opinión y mañana pienso otra cosa o tomo una decisión distinta o contraria. Hoy me he peleado con mi pareja  y me siento raro. Mañana me surge un contratiempo, me altero, y no parezco el mismo. Mañana me dan una gran alegría y estoy que me salgo. Hace poco tiempo me caía bien alguien y ahora no lo soporto. Esa película o canción que tanto me gustaba ya no me gusta o no me dice nada, etc. ¡Y no digamos mientras más tiempo pase!

Nuestra personalidad está en permanente cambio y nunca es la misma, es algo que se va construyendo a si misma, así que en realidad nunca somos la misma persona que antes. La psicología evolutiva estudia el desarrollo del individuo y su personalidad a lo largo de toda su vida desde su nacimiento ¿Nos parecemos mucho a como éramos de muy niños?
La evolución estudia el desarrollo del ser humano, su cerebro y su comportamiento como especie desde nuestros ancestros hasta el hombre moderno mediante selección natural. El desarrollado cerebro humano nos ha permitido y permite una gran flexibilidad y variabilidad en nuestras respuestas, las cuales nos han servido para superar las dificultades, sobrevivir, reproducirnos, y adaptarnos con gran destreza al medio natural y social.
La psicología evolucionista intenta explicar características mentales de la especie humana (tales como la memoria, la percepción, el idioma, y fundamentalmente las emociones) como adaptaciones al medio.

Los seres humanos al actuar vamos inventando y transformando el mundo a la vez que a nosotros mismos. Nuestra especie no está "cerrada" por el determinismo biológico, sino que permanece "abierta" creándose sin cesar a sí misma.
Jean-Paul Sartre, firme defensor del libertarismo, opinaba que los seres humanos tenemos la capacidad de llegar a transformarnos a nosotros mismos, cambiar de camino y poder cambiar constantemente lo que queremos llegar a ser. Así que por tanto estamos condenados a ser libres. Ni siquiera los obstáculos que impone la realidad impedirían la libertad porque yo podría revelarme si quiero contra ellos. Hay que entender que esta visión tan radical de Sartre surge en el contexto cultural de los años 60, la cual fue una época de grandes transformaciones sociales y donde el valor de la libertad individual cobró una especial relevancia.

No creo que nada de lo dicho en el párrafo anterior demuestre el libre albedrío. Es cierto, como he explicado antes, que los seres humanos tenemos la capacidad de recapacitar o reconsiderar sobre nuestras decisiones y cambiarnos a nosotros mismos. Podemos estar descontentos en ser como somos en algunos aspectos, y por tanto querer cambiar e incluso llegar a conseguirlo.
No obstante siguiendo la aparentemente complicada argumentación del filósofo Schopenhauer estos cambios tienen un límite, ya que básicamente nosotros somos como queremos ser. Es decir no tiene sentido que no queramos ser como queremos ser, o sea que queramos cambiar algo de nuestra personalidad con lo que nos sentimos a gusto o nos guste querer ser (ya dijimos además antes que nosotros no elegimos ser como somos o como queremos ser, es decir nuestra personalidad).
Si el desarrollo de nuestra personalidad nos hace ser amables y atentos, querremos ser amables y atentos y no querremos ser de otra forma contraria. Si mi personalidad hace que me guste el fútbol querré por tanto que me guste el fútbol y veré un partido. Por otro lado si me gusta ayudar a otras personas y hay un incendio que me impide hacerlo por mi miedo o cobardía, posiblemente no me prestaré esa ayuda tan heroica porque no estaré dispuesto a ser tan valiente, ya que no lo soy y no querré serlo aunque me guste ayudar. Es decir siempre habrá un límite de hasta donde puedo querer cambiar algo de mi mismo.
Además el hecho de que no nos guste algo de nosotros mismos y deseemos cambiarlo es a su vez algo también determinado por el desarrollo de nuestra personalidad. Nuestra personalidad, como he explicado antes, tiene la capacidad de modificarse a si misma y evolucionar con el tiempo, ya que está en permanente cambio. Pero puesto que ni la formación de nuestra personalidad es algo que ninguno de nosotros decide por lo antes explicado y porque en el fondo nosotros básicamente somos como queremos ser, tales argumentos en favor del libre albedrío no los considero válidos.
Nuestra personalidad,  junto a los condicionantes de la sociedad del momento que nos ha tocado vivir, es la que  determinará nuestro deseo de cambiar o transformar esa sociedad o a nosotros mismos.

A pesar de lo explicado, alguno de nosotros para querer demostrar que él si es libre o tiene libre albedrío podría hacer lo contrario de algo para lo que cree que está determinado.
Por ejemplo, si me gusta muchísimo el tenis podría decidir fastidiarme y no ver el partido de esa tarde, que estoy seguro que no querría perdérmelo, por el simple hecho de demostrar mi libertad. Pero incluso esta decisión supuestamente contraria a mis deseos también estaría determinada por causas anteriores (entre otras haber leído este artículo por ejemplo) y a las características de mi personalidad especial (por ejemplo mi manía de querer llevar la contraria o la de querer demostrar ciertas cosas). Y dadas esas circunstancias mi decisión no habría sido otra que la tomada. Así que querido lector le aconsejo que no haga esta estúpida prueba y disfrute de su partido favorito.

Por tanto, resumiendo podemos decir que los seres humanos en principio escogemos o decidimos libremente lo que deseamos o queremos hacer con nuestra voluntad (al menos aparentemente o hasta cierto punto, según lo que algunos estudios como los que vimos antes de neuropsicología apuntaban sobre nuestras decisiones inconscientes)  dentro de nuestras limitaciones, pero no elegimos libremente ser como somos (nuestra personalidad). Y es precisamente esta personalidad que tenemos la causa que en realidad nos lleva a desear lo que queremos hacer, y por tanto a comportarnos de un modo u otro. 

Ejemplos:
Podemos decidir libremente ir a un concierto de nuestro grupo favorito,  elegir algo del color verde y no otros, o podemos sentir predilección por un perfume determinado. Pero nunca decidimos por nosotros mismos tener el gusto por esa música tan en particular o ese color o ese perfume, simplemente nos gustan. Estas decisiones forman parte de la formación de nuestra personalidad, y seguramente ni siquiera sabremos bien porque tenemos esos gustos y no otros. 
Otro ejemplo significativo por estar relacionado con la moral o la ética. Una persona puede decidir o elegir libre o voluntariamente hacer daño a otras personas o seres, pero no decide ser una persona "malvada" a la que le gusta hacer daño o que no llega a sentir remordimientos por sus actos. Esa maldad es parte de su personalidad y la que a fin de cuentas le llevará en consecuencia  a hacer daño a sus semejantes.

Puesto que ninguno de nosotros decidimos la personalidad que tenemos que es la que finalmente nos llevará a comportarnos de un determinado modo, y por las razones explicadas en este artículo, podemos afirmar que la libertad o  libre albedrío en un sentido verdadero o profundo no existe. 

El sentimiento de ser libres no es más que una ilusión de nuestra mente. Nos consideramos o sentimos libres debido a que tenemos cierto nivel de conciencia de nosotros mismos y podemos desear cómo queremos actuar o elegir. Pero al mismo tiempo, al no ser conscientes de todos los procesos mentales que nos condicionan y se desarrollan en nuestro cerebro nos creamos esa ilusión de libertad.
 Igual que un ilusionista nos engaña con sus trucos de magia, jugando con los límites de la percepción de nuestro cerebro y haciéndonos creer ver lo que en realidad no es, nuestro cerebro nos engaña creándonos una ilusión de libertad que no es real.



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Libre albedrío y religión. Un problema que se deriva de la falta real de libre albedrío es que choca frontalmente con muchas religiones en las que no todo está predestinado o determinado.
Estas religiones se fundamentan en primer lugar en el libre albedrío del ser humano para elegir entre el bien y el mal, o lo que estas religiones entienden por bien y mal. Por el contrario ya hemos dicho que uno puede elegir libremente con su voluntad hacer daño a otros seres o bien realizar un determinado comportamiento que pudiera no estar admitido por esas creencias o religión. Pero una persona no elige en el fondo ser un "malvado" al que le gusta hacer daño o tener una determinada personalidad o forma de ser, que es lo que a fin de cuentas le llevará en consecuencia a elegir ese comportamiento y hacer ese mal. En segundo lugar en el  concepto de pecado y culpa por el mal uso de ese libre albedrío. En tercer lugar en un sistema de recompensas (premios) y castigos unidos a la idea de justicia divina universal.
Si en realidad la libertad  y el libre albedrío en su sentido profundo no existen, la doctrina de estas religiones pierde en gran parte su sentido. De nuevo la filosofía y la ciencia, y como en una brillante partida de ajedrez, ponen en jaque a la religión.

Y volviendo al tema de la moral desde un punto de vista más humano. Si no hay verdadera libertad ¿deberíamos entonces castigar a los "culpables"? Podemos considerar que sí. Ya hemos comentado anteriormente que, a pesar de esta falta de libertad, los seres humanos podemos tener la capacidad de "elegir" lo que queremos según nuestra voluntad, y por tanto tener mayor o menor grado de responsabilidad.
Si no creemos en el libre albedrío no tiene sentido hablar de "culpa" sino de responsabilidad. Además el castigo facilita la convivencia social, ya que aparta a los transgresores del resto de la sociedad y sirve de ejemplo para disuadir de conductas similares al resto de ciudadanos. 

¿Y en que nos puede afectar saber que no tenemos libre albedrío? Si vemos a los demás o a nosotros mismos como producto de las circunstancias obtendremos beneficios psicológicos. Podremos ser más comprensivos con los actos de los demás y menos rencorosos o culpabilizarnos menos, o comprender mejor a los demás y a nosotros mismos. Entenderemos que si nosotros estuviéramos condicionados exactamente por las mismas circunstancias (misma genética y mismo ambiente) que cualquier otro ser humano haríamos exactamente lo mismo en las mismas situaciones.
No sentirnos libres o no considerarnos culpables no implica tener menos moralidad. Al saber que somos o podemos ser responsables de nuestros actos, nuestros sentimientos nos harán sentir remordimientos por lo que consideremos que no es ético (sólo los psicópatas no sienten remordimientos, pero a ellos les da igual saber si deben considerarse o no culpables pues carecen de estos sentimientos). 

Usando una metáfora podemos ver la libertad y la vida como una obra de teatro, una película o un sueño o ilusión. La vida como un sueño es una concepción muy antigua en muchas culturas y un tópico literario.La vida es sueño” es una obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca, en la cual el tema central es la libertad del ser humano para configurar su vida sin dejarse llevar por un supuesto destino. La imagen de la vida humana como teatro es una imagen existente desde la antigüedad en la filosofía y en la literatura. “El gran teatro del mundo” es otra obra de Calderón que representa la vida humana como un gran teatro donde cada persona representa un papel. La vida como una película podemos entenderla como una proyección o realidad virtual creada por nuestro cerebro, que nos montamos a partir de lo que percibimos con nuestros sentidos o de nuestras creencias o sentimientos personales.
Si hacemos un símil entre el teatro y el contenido de este artículo: la obra o representación teatral sería nuestra propia vida. El escenario donde se representa la obra sería el medio ambiente y la sociedad en la cual vivimos. Los distintos decorados de la obra serían las distintas circunstancias del medio ambiente o entorno donde vivimos, las cuales van cambiando según se cambia de escena y avanza la obra (o sea según va pasando nuestra vida). El guión sería el programa que nos dirige, en gran parte inconsciente, (condicionado o determinado por nuestros genes y nuestro ambiente). El programa va formando nuestras capacidades y nuestra personalidad (siempre cambiantes) y nos impulsa a actuar. Los actores serían nuestras distintas actuaciones o comportamientos. Cada actor sigue un papel o personaje distinto en la obra, dependiendo de los rasgos (características) del personaje (que serían los rasgos de nuestra personalidad)  y de los distintos decorados (que como hemos dicho serían las distintas circunstancias del ambiente). Pero no somos simples marionetas movidas por los cables de un titiritero, ya que los personajes tienen vida propia.  El guión va  variando según las experiencias de los distintos actores.
En el teatro habitualmente, como parte de la ficción, los actores llevan caretas, máscaras y todo tipo de disfraces con  vistosos trajes, maquillajes, pelucas, etc. Igualmente nosotros en nuestra vida nos ponemos “caretas y máscaras” ante los demás miembros de la sociedad, y así querer parecer, fingir o aparentar ser otro personaje u ocultar nuestro verdadero personaje y ser lo que no somos. A veces nos ponemos caretas a nosotros mismos, nos engañamos a nosotros mismos, en gran parte de forma inconsciente. En el psicoanálisis a tales caretas se les llama "mecanismos de defensa" (ya que no queremos aceptar una parte de nosotros que no nos gusta y queremos reprimir). Mientras más nos reprimamos, menos humildes seamos, menos nos aceptemos a nosotros mismos o más complejos tengamos más caretas nos pondremos. También, como los personajes de la obra de teatro, nos “disfrazamos” ante los demás aparentando ser mejores o que somos de otro modo (y no sólo nos disfrazamos de una forma material llevando un determinado traje o forma de vestir, o mostrando la posesión de un determinado bien). Pensamos que así mejoraremos nuestra imagen (que en el fondo es una forma de autodefensa) y seremos mejor aceptados por los demás o el grupo social donde queramos integrarnos. Vivir de la falsedad de la apariencia y de la imagen, al igual que a los personajes de una representación, nos puede producir beneficios materiales o psicológicos de todo tipo. Además mientras más desigual sea una sociedad más disfraces habrá. ¡Cuánta hipocresía y falsedad hay!
El director de obra es nuestra voluntad consciente, que decide y nos hace responsables sobre la actuación de los actores. El espectador es nuestro “yo” que observa la representación y se identifica con los distintos actores como partes de si mismo, metiéndose de lleno en los papeles que representan (idea ésta fundamental en la filosofía oriental). Es algo parecido a cuando nos quedamos absortos en el teatro o el cine, nos identificamos con el papel de los actores y nos metemos de lleno en la obra o película. Nuestra vida puede ser una comedia o farsa, un drama o una tragedia según nuestros pensamientos o bien según las emociones o sentimientos que nos motiven, según los deseos, apetitos, estados de ánimo o circunstancias del momento. Nos creemos libres porque somos los directores de la obra, pero en el fondo no lo somos porque no hacemos más que seguir el guión que nosotros nunca elegimos.
La libertad como la vida misma es un sueño, una obra de teatro, una película de cine, una realidad virtual, un espejismo, una pura contradicción, una ilusión de nuestra mente donde como en una actuación de un mago o ilusionista no está bien claro que es real y que es engaño, truco o ilusión. Y si esto es así y tienen razón tantos filósofos y genios de la literatura ¿no será la vida misma una locura colectiva, un delirio o alucinación compartida, un encantamiento, algún producto de nuestra imaginación, un juego de sombras, un sueño del que no podemos despertar? La psiquiatría y la psicología definen a la verdadera locura (la psicosis) como  un estado mental descrito como una escisión o pérdida de contacto con la realidad, una situación de enfermedad mental que presenta un desvío en el juicio de realidad y está acompañada de diversos síntomas. Podríamos decir que el cuerdo vive en el mismo sueño colectivo en el que vivimos todos, mientras que el loco verdadero además se construye y se cree sus propias fantasías más allá de los hechos y de la realidad de este mundo.
Al final como siempre --frente a la oscuridad y las sombras de las creencias y las supersticiones-- he pretendido mostrar como con la luz de la razón y la ciencia y con el conocimiento de nosotros mismos y porque actuamos se ilumina la sala de espectáculos, y  así la luz nos hacer ver cada vez con más claridad la realidad de este teatro de ilusión y ficción que es la vida. Se cierra el telón, fin de esta obra, les espero hasta la siguiente representación (en mi próximo artículo). Y ahora si les parece bien pueden aplaudir, pero humildemente háganlo sólo si esta obra se lo merece, pues ya hemos hablado hoy  que en nuestra vida hay demasiados engaños y falsedades como para acabar con uno más.
Querido lector, le agradezco mucho su paciente lectura, especialmente si han llegado al final de esta obra. Espero que este artículo le haya gustado, sido útil y  su lectura haya sido clara y amena. También espero que pueda haberle despertado su curiosidad o inquietudes, le haya hecho reflexionar sobre un tema de tanto interés como es nuestra libertad y se haya visto reflejado a si mismo en este artículo como en un espejo. Si ha sido así me doy mas que por satisfecho, y espero tus comentarios y críticas y que le recomiende la lectura de la misma a quienes crea pueda interesarles.

Baruch Spinoza (Filósofo): “Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan”.

Albert Einstein (Físico), citando a Schopenhauer (Filósofo): "Schopenhauer dice que un humano puede hacer muy bien lo que quiera, pero no puede querer lo que quiere, me acompaña en todas las circunstancias de mi vida y me reconcilia con las acciones de los humanos, aún cuando son muy estresantes."

Wolfgang Prinz (Psicólogo cognitivo): “No hacemos lo que queremos, sino que queremos lo que hacemos”.

Calderón de la Barca (escritor), extraído de su obra “La vida es sueño”:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.”